Hay muchas películas inútiles. Bastantes películas pasables. Pocas películas grandes. Y contadas películas excepcionales. Estas últimas a veces no tienen por qué tener el guión más sorprendente ni tampoco el acabado técnico más impecable. Pero tienen algo que ninguna otra tiene: alma. Esas películas traspasan nuestros ojos y sus imágenes llegan a nuestro corazón. Y allí se quedan de por vida, y nada ni nadie es capaz de borrarlas. Harry Potter y las Reliquias de la Muerte (parte II) es una película excepcional. Y quien diga lo contrario, es que no ha crecido con Harry Potter. Tras diez años con nosotros, tras diez años en los que Hogwarts ha sido nuestra otra escuela, ahora todo termina y el vacío que deja esta película en tu pecho cuando funde a negro es abrumador. Aviso que el nivel de ñoñería de esta crítica va a ser agudo, lo digo con antelación. Aunque bien pensado, quizás esto no sea ni una crítica. Cuando llevas algo tan dentro de ti, cuando algo te ha enseñado tantas cosas, te ha hecho llorar, reír y disfrutar, difícilmente puedes criticarlo. Solo puedes apreciarlo.
La segunda parte de la séptima entrega podría ser descrita como un gran epílogo. Un adiós a muchas cosas: a los personajes, a los escenarios que nos han acompañado durante esta década. El director David Yates, que se nota que ha querido regalarnos una gran película a todos los fans, repasa los lugares que antes nos enseñaron Chris Columbus, Alfonso Cuarón y Michael Newell y no se deja ni uno. Gringotts, el callejón Diagon, el Gran Comedor, la Cámara de los Secretos, el estadio de quidditch, la Sala de los Menesteres, etc. Y lo mismo sucede con los personajes, que aunque sea por pocos segundos, han querido hacer un último acto de presencia. Es obvio que Yates ha hecho justicia a la fidelidad de los seguidores y como gesto de agradecimiento nos regala también guiños constantes que despiertan en nosotros escenas de otras cintas: las arañas, los pixies, los dementores, etc. Harry Potter y las Reliquias de la Muerte (parte II) aspira a ser el resumen de todo lo visto y lo hace con elegancia, con sutileza, introduciendo esos déjà vu de manera natural y sin que sea demasiado explícito que quiere hacerlo. Así la experiencia de la película es mayor de lo que pudiera uno esperarse: para los que hemos leído los libros, o incluso para los que sólo han seguido las películas, el espectáculo está servido.
Y el espectáculo tiene de todo: risas, lágrimas y acción. Eso junto con la intrigante música de Alexandre Desplat y la cuidada fotografía de Eduardo Serra hacen del film un cocktail sencillamente delicioso. Hacia tiempo que no disfrutaba tanto en una sala de cine, que no vibraba con escenas como la intrusión en Gringotts, el encuentro entre Harry y Snape en el Gran Comedor, el incendio de la Sala de los Menesteres, los recuerdos de Severus en el Pensadero, la batalla final. No hay respiro, la película es un torbellino que te lleva de principio a fin sin apenas darte cuenta. Y es así porque está narrada de manera inteligente. A diferencia de otras sagas, aquí haber dividido el último tomo en dos partes se demuestra finalmente que ha sido una decisión acertada, porque todo cobra grandeza, énfasis, todo se vuelve más épico. Esa es la palabra que también definiría esta cinta: épica. Los diálogos entre los personajes, los momentos de dolor, el enfrentamiento entre el bien y el mal: somos testigos de una auténtica leyenda que llega a su último capítulo, y todo está a la altura de las circunstancias. Se vive el miedo, se siente el dolor, nos emocionamos con el eternamente postergado y por fin consumado encuentro amoroso entre Ron y Hermione (que por cierto, ¡¿por qué dura tan poco?!). El guionista Steve Kloves ha sabido seleccionar los instantes que mejor contribuyen a la sensación de caos, lucha, muerte y plenitud. Los momentos y las imágenes que mejor representan los sentimientos y las pulsiones humanas más primitivas. Que la gente aplauda (y yo me hiperexcite y pegue gritos) durante la proyección es una prueba de que esa emoción ha traspasado el celuloide. Así es como la película por fin hace justicia a la novela y a su autora, JK Rowling.
Claro que sin un buen director de orquestra lo escrito no reluce, y por suerte Yates se ha quitado la etiqueta de novato y ha dejado las cosas claras. Poco tiene que envidiarle el director británico a Peter Jackson: su batalla final es sensacional. Y lo es porque es consciente que hay que ir imbuyendo al público en el Apocalipsis y así, desde el segundo 0, se lanza a la acción y no la abandona. Rueda con ritmo, une las escenas sin los trompicones propios de otras entregas, todo fluye en un crescendo que nos tiene agarrados a las butacas esperando el gran estallido final. Y en ese punto, donde se lo juega todo, aprueba pero no saca matrícula de honor. Mueve enormes masas de gente de un lado a otro, lanza hechizos por todas partes, nos sorprende con criaturas más propias de la Tierra Media y hace añicos Hogwarts. Pero a ese final le falta algo, no termina de ser todo lo contundente que uno pudiera haber esperado. Yates se ha crecido con los años pero aún le hubieran faltado unas cuantas películas más para bordar el desenlace. Si esto lo hubiera rodado Cuarón, otro gallo cantaría. Sabe mal, por ejemplo, que los productores le hayan coartado en cuanto a sangre y muertos se refiere y que al final no sea todo tan dramático como pudiera haber sido. El montaje a velocidad supersónica, que se demuestra útil a lo largo del film, llegados aquí se lleva instantes de profundo pesar que hubieran necesitado un tempo más lento. Por lo menos, ese error se compensa con un titánico dispositivo que con la tecnología 3D te hace vivir en propia piel el Armageddon de la magia.
Y por lo que respecta a los actores, ya hemos dicho que los responsables de la saga Potter han querido echar la casa por la ventana, y aquí no falta nadie: están Seamus y Dean, Lavender Brown, Cho Chang, Fleur DelaCour, Molly Weasley, Remus Lupin, Hagrid, y así hasta completar la larga lista de personajes secundarios que en un momento u otro de la saga han tenido su protagonismo. Claro que el timón lo llevan los mismos de siempre: Daniel Radcliffe como Harry Potter, Emma Watson como Hermione Granger y Rupert Grint como Ron Weasley. Ninguno está especialmente brillante pero cumplen, y como la historia es tan grandilocuente, se consigue disimular su hastío. Tampoco los juzgaremos. Interpretar durante más de 10 años al mismo personaje debe ser agotador no, lo siguiente. Además ellos tres ya se han ganado el cariño de un montón de jóvenes que hemos crecido junto a ellos y que lo hagan mejor o peor nos importa poco: lo importante es que no se bajaron del carro en su día y se quedaron en la pantalla, y ese respeto al público ya tiene un mérito. Los adultos son siempre los que más aplausos se merecen: Ralph Fiennes muta de nuevo en un cada vez más desquiciado Voldemort, Maggie Smith vuelve a ser McGonagall y nos regala algunos momentos cómicos inesperados, Helena Bonham Carter no se luce tanto como en otras entregas pero sigue estando igual de chiflada interpretando a Bellatrix Lestange, Michael Gambon aparece en la famosa escena de King Cross y nos hipnotiza con sus palabras. Aunque para mí el rey de esta función es sin duda Alan Rickman, que como todos sabéis interpreta a Severus Snape. No sé como a día de hoy este hombre aún no ha sido nominado al Oscar porque desde que empezara esto en 2001 ha bordado uno de los personajes más auténticos, misteriosos y únicos del panorama cinematográfico reciente. Esta entrega sirve para descubrir la verdadera personalidad de Snape y ello no hace sino contribuir a la fascinación por un actor y un personaje que para mí es de lo mejor de toda la saga.
Aquí termino ya mi crítica sabiendo que con el último punto se habrá terminado una etapa de mi vida. Seguramente a muchos eso les suena exagerado, pero habrá otros tantos que sí me entiendan. Un día llegó a mis manos un libro de tapas amarillas en el que aparecía un niño montado en una escoba cazando una pequeña bola con alas. Ese día, como muchos otros niños, me monté en un tren que llevaba a un castillo llamado Hogwarts. Destruí la piedra filosofal, maté a un basilisco en la Cámara de los Secretos, conocí a Sirius Black, participé en el Torneo de los 3 Magos, vi resucitar a Voldemort, fui el líder de la Orden del Fénix, decidí matar a mi enemigo y conseguí vencerlo. Y siempre estuve en Hogwarts. De un modo u otro, nunca salí de ese castillo. Hoy siento que he abandonado ese lugar. Pero como dice Neville Longbottom en la película, sé que nunca podré olvidarlo. Harry Potter no es un libro cualquiera. No es un fenómeno cualquiera. Es el último mito contemporáneo. Y los mitos siempre están en el corazón.
PD: ¿Alguien más ha visto sospechosas similitudes entre la estación de King Cross blanca y el baño del videoclip “Bad Romance”? Ver bailar a Dumbledore a lo Lady Gaga hubiera sido un puntazo.






Irene
20 juliol 2011
Una crítica BRILLANTE!!!