Paul

Imaginad que en una caravana metemos a 2 freaks de la ciencia ficción en general y los ovnis en particular, un alienígena que dice tacos por minuto y enseña sus bolas espaciales por segundo y le sumamos una cristiana empedernida y casta que en pocas horas descubre que Dios no existe, se baja las bragas y se lanza a la blasfemia. Obviamente, una combinación tan peculiar sólo podría dar de si una peli muy chorra (o una nueva edición de Sálvame). Sin embargo, la gran diferencia entre Paul (Greg Mottola, 2011) y la recientemente por mi vapuleada Bad Teacher es que mientras esta última es un producto que subraya con fosforescente su imbecilidad y acaba terminando en una suerte de Los Idiotas, Paul aprovecha sus excentricidades para hacernos reír y de paso cortar unas cuántas cabezas.

La película tiene un punto muy fuerte y ese es su protagonista: ese alien que lleva por nombre Paul tiene todo lo necesario para convertirse en un ídolo de masas de manera instantánea. Que no os resulte extraño si empezáis a ver a gente con la cara de Paul impresa en la camiseta: se gana a pulso eso y cualquier objeto de merchandising que se precie. Tras años sin ningún tipo de inventiva en el género de los extraterrestres (se salvaría quizás District 9) ahora llega a nuestras pantallas este maleducado, malhablado y exhibicionista bichejo que hace de E.T. una monja de clausura (¿os imagináis a E.T. vestido de monja? SOBERBIO). De hecho, desde un buen comienzo, los guionistas (y también actores) de la cinta, Nick Frost y Simon Pegg aprovechan su criatura para burlarse de todo un género, el de los aliens, marcado por la obsesión de que quieren aniquilarnos y meternos sondas en el culo. Paul, con su voluntad paródica, representa, por lo tanto, un golpe de aire fresco a un cine sin inventiva, anclado en la fórmula de las naves dispara rayos y los extraterrestres destripa estómagos. Claro que los responsables del guión tampoco meten en el mismo saco a todo el mundo y a los grandes maestros del género,  Spielberg y Lucas, los deja en un buen puesto. Quizás porque sin su legado Paul tendría poco sentido y sus bromas no funcionarían. Quizás por pura nostalgia adolescente. Seguramente por ambos motivos.

En lo que se refiere al carácter sardónico, se ha de decir que este no se limita ya a lo estrictamente cinematográfico, sino que Paul carga también contra la sociedad estadounidense más rancia: se ríe de los católicos antievolucionistas que aún creen que Darwin es el demonio, ridiculiza a los superagentes de policía made in Hollywood y se guarda en la culata un disparo conciso y directo para Bush padre y su afán por invadir todo lo invadible. Así, bajo la típica road movie con trama de persecución se haya un espíritu rebelde, crítico, con lo que el producto hace del absurdo su mejor baza; de este modo, el personaje se gana nuestra simpatía y nuestro respeto, algo que Cameron Díaz no conseguía ni pidiéndoselo a los reyes magos. Paul es, para que lo entendáis, lo más parecido a un capítulo de Los Simpson: desternillantemente divertido, deliberadamente comprometido a sacar a relucir lo peor de América. Se nota que el guión lo han escrito un par de british guys.

La historia ha sido construida como una alocada comedia de aventuras que nos engancha de principio a fin. Greg Mottola, el director, se muestra hábil presentando a sus personajes y la misión que les ocupa, de modo que uno entra en la película rápidamente y espera con ganas la llegada del alien. Luego todo es un no parar de huidas, encuentros inesperados, peleas y nuevas huidas; en ningún momento se pierde el ritmo y la película se digiere con facilidad. A lo largo de esa huida, somos testigos de un sinfín de escenas genuinas, con lo justo y necesario para convertir a esta Paul no sé si en un clásico (no quiero que nadie me cuelgue) pero si al menos en peli de culto. La cinta se lo merece: nos presenta a un alien bailando reggae y fumando porros, se burla de la intocable Titanic e incluso se atreve con remakes extraterrestres de distintos pasajes de la Biblia. Es prácticamente imposible que alguien no se ría con esta película, tiene bromas de fase anal y reflexiones sólo aptas para sutiles humoristas. Por suerte, se tira más de estas últimas y los 103 minutos que dura esta joya son una suma de gags y diálogos sencillamente brillantes que por regla general comanda Paul y que sirven sobretodo para poner de manifiesto la estupidez humana. Porque al fin lo más poderoso de Paul es eso: si uno se queda en la superficie, la verá como una historia tonta y a mi como un crítico idiota intentando defenderla; pero si se mira detenidamente, lo que en realidad se está construyendo es un gran enfrentamiento en el que los perdedores somos nosotros, los humanos, inútiles, egoístas y necios. Un tipo genial venido del superespacio sabe más sobre la Tierra que nosotros mismos y su bondad es infinitamente mayor a la de cualquier norteamericano. El dardo es afilado. Delicioso.

Y en cuanto a los actores, no se podría haber echo un mejor casting. El rechazo a contratar superestrellas resulta una decisión acertada porque así Paul gana en protagonismo y con ello la atención no se desvía hacia otro punto. La pareja freak formada por Simon Pegg y Nick Frost congenian como el mejor de los dúos cómicos y a pesar de que comparten la misma vena friki tienen personalidades lo suficientemente diferenciadas para dar lugar a situaciones distintas y también a distintos dilemas. Cabe decir, sin embargo, que para mi el gran descubrimiento es aquí ella, Kristen Wiig, que nos regala algunos de los mejores instantes, sobretodo aquellos en los que se confronta su fe con la verdad absoluta de Paul. Wiig es la personificación de la America profunda antitodo, que por contacto divino alien despierta de su mentira y ve el mundo, literalmente, con nuevos ojos. Está claro que los guionistas se reservan para ella el mensaje más incisivo y por ello la convierten en el personaje más interesante. Completan el reparto los 3 policías que persiguen a los 4 anteriores. El líder de estos, Jason Bateman, parece directamente importado de una serie tipo Expediente-X o CSI. Su carácter histriónico y la visión heroica de sí mismo, junto con la profunda inutilidad de sus compañeros, convierten al cuerpo policial americano en un circo (o quizás es que ya lo es y la película simplemente nos lo deja claro). Y para terminar, dos mujeres de altura: Jane Lynch (Sue Silvester en Glee) como camarera de gasolinera, y Sigourney Weaver, como la Gran jefa que quiere destruir a Paul. No os perdáis la actuación de la primera, no tiene desperdicio. Cuando un actor sale pocos minutos en pantalla y consigue comerse la escena como lo hace ella, eso, oh sí, es un buen actor.

Está claro que Paul no recaudará lo mismo que Super 8, pero me atrevo a aventurar que si veis las dos, os acordaréis más de ella que de la superproducción de J.J. Abrams y el Rey Midas (aka Spielberg). No es por desprestigiarlos, ni mucho menos, llevo semanas ansiando su llegada, pero Paul me ha seducido demasiado y Super 8 parece que va un poco de lo mismo de siempre. Paul se subleva contra todo y eso la hace caballo ganador. Demasiados son los instantes únicos para que esta peli sea una peli de aliens más. El hermano malote de E.T. se merece un lugar de honor en el Olimpo extraterrestre. ¡Olé tu, Paul! ¡Olé tu!

autor
Enamorat de l'Art. Presentador de Racons Joves i articulista de la Revista de Llums de la Ciutat. Dirigeixo el grup creatiu jove Nakadaska.Factory. Fanàtic del cinema de Michael Haneke i obsessionat amb les fotografies d'Oleg Dou. La vida és un mur blanc on hi pots fer el que vulguis.
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