Noche de miedo

La cultura teen norteamericana está constituida por una serie de elementos que se han mantenido invariables a través de las décadas, a saber: el guaperas tocapelotas, la rubia tonta, el bonachón que termina siendo el héroe, el baile de fin de curso y la fiesta del viernes noche, entre otros. Podríamos estar días e incluso años mencionando la infinidad de películas que han consolidado ese imaginario y han hecho de una peli americana no solo un distintivo, sino todo un género. Pero recientemente, a ese universo que parecía cerrado e inalterable ha llegado un nuevo habitante, y no, en este caso no me refiero a Justin Bieber, que también podría ser, sino al vampiro. Sí señor, la saga Crepúsculo, mal a quien le pese, ha permitido renovar el cine y la cultura adolescente en general, y aunque nos sigan contando la misma historia chorra entre chicos y chicas, ahora todos ellos tienen colmillos, son ultrapálidos y controlan poderes supercalifragilisticoespialidosos. Desconozco las causas del boom vampírico e incluso podría darse el caso que fuera una campaña encubierta de sanidad para donar sangre, pero lo que sí puedo reconocer son las consecuencias del mismo: si a día de hoy alguien ve un vampiro por la calle, o le pide un autógrafo o se ríe en su cara. Efectivamente, al poner a Drácula en un instituto y convertirlo en el chico guapo, se le ha perdido el miedo al mito, y mientras unas lo adoran otros pensamos que si Nosferatu levantara la cabeza, se la cortaría.

Noche de miedo (Fright Night, Craig Gillespie, 2011)remake del mismo título de 1985, asume esa banalización de la criatura de Bram Stoker y, a la vez que intenta rescatarla, no puede dejar de ser una parodia. Porque el tiempo del Nosferatu tenebroso fue otro y hoy Stephenie Meyer lo pasea como si un perrito caniche se tratara. Por eso, aunque Charlie (Anton Yelchin) está convencido de que su vecino Jerry (Colin Farrell) es un vampiro, intentar convencer a su familia, a su novia y a sus amigos de lo mismo e infundirles miedo no va a ser tarea fácil. Porque la película y sus personajes no pueden deshacerse del contexto crespuscular en el que habitan, y aunque se intenta recuperar la condición masculina del vampiro, la narración clásica en la que el héroe termina endiñándole una estaca en el corazón, a pesar de que nos recuerdan otras muchas técnicas para fulminarlos y a pesar de que nos compromete con la causa libertadora del héroe, no se toma en serio ninguna de esas premisas y todo resulta cómico; se respeta la tradición, sí, pero se la burla conscientemente. Y así el contacto del presente con los vestigios del terror termina cayendo en la extravagancia y poco después en el ridículo. El ridículo de nuestra era, nuestras prácticas sociales y nuestras modas. Noche de miedo clava el colmillo de otra forma. Ahí tenemos a Jerry, marcando bíceps, tríceps y abdominales mientras habla con una voz sibilina que no deja dudas sobre si es o no vampiro, a Charlie, el supuesto salva mundos, intentando descubrir como se abre una puerta con una aplicación de su Iphone, o al homólogo de Van Helsing, Peter Vincent, que dedica su vida a dar espectáculos vampíricos en un hotel de Las Vegas.

Esa idea de la tramoya es crucial para entender Noche de miedo. Aproximadamente hacia la mitad de la película somos testigos de uno de los ensayos del espectáculo que conduce Peter Vicent; la escena en cuestión respeta escrupulosamente el imaginario gótico de Stoker, pero ya no lo sentimos como una narración en la que podamos sumergirnos sino como una representación que pretende infundirnos miedo. Y aunque el ensayo se termine por un cortocircuito, en realidad lo que el director Craig Gillespie quiere contarnos es la definitiva rotura de la cuarta pared en el género de terror clásico, la imposibilidad de generar miedo y la condición de un espectador al que ya no se le puede engañar con trucos baratos. La realidad es el nuevo terreno del pavor y cualquier escenario de cartón piedra está condenado a ser un fracaso en taquilla. Noche de miedo asume esa premisa y se deshace de castillos, sábanas blancas y niebla espesa, pero al intentar colocar a un vampiro en la realidad se da cuenta que hay otra tramoya más grotesca montada a su alrededor, y es la del pueblecillo norteamericano en medio de ninguna parte habitado por chicos y chicas guapos que se conectan a Facebook y van de discotecas. Si lo pensamos fríamente, Jerry sí da mucho miedo, pero al juntarlo con tantas pamplinadas, al tener por víctimas a ciudadanos tan idiotas, por mucho que se esfuerce en meter mordiscos, termina dando mucha risa. Noche de miedo podría ser muy bien vista como el réquiem de un vampiro, la última historia de colmillos que se narra con (sospechosa) fidelidad al argumento original y en la que el protagonista aún puede infundirnos cierto respeto; el mismo que perdió definitivamente Edward Cullen.

Ese es el personaje que ha lapidado la fe en el miedo, y por ello el primer problema con el que se encuentra el héroe no es ya encontrar un arma o un aliado, sino vivir en una sociedad del absurdo que ha convertido un monstruo en un ídolo y que ya no teme sus colmillos, sino que precisamente los quiere muy adentro (True Blood, Vampire Diaries). En el fondo, Jerry se siente satisfecho de que Charlie quiera vencerlo: para él es una provocación que recupera el instinto asesino de su especie. Su verdadera naturaleza. Quizás por esa misma razón la película resulte tan sangrienta y se hayan gastado un dineral en chorretones de sangre. El mundo cursi de Stephenie Meyer es demasiado inocente y todo es demasiado bonito. Aquí la cara de Jerry se desfigura cuando ha atacado, por su boca resbala la hemoglobina abundantemente, todo es sucio, todo es oscuro, y las florecillas y la luz blanca de Forks son sustituidas por sombras penetrantes que avanzan con intenciones malévolas. En este sentido, merece la pena destacar el trabajo de fotografía de  Javier Aguirresarobe, que en esto de vampiros está curtido, porque suya es la luz de Luna Nueva y Eclipse.

A parte de eso, no existe un gran planteamiento estético en la realización, porque no es esta la finalidad del director, pero sí una voluntad de crear escenas que eleven la tensión. En Noche de miedo no hay pausas para amoríos empalagosos, sino que todo es aventura, movimiento, tensión, y la película se digiere rápidamente. Se le suman los consabidos golpes de efecto tipo ¡cuidado que el malo viene por detrás! y ya tienes al público entretenido. Porque Noche de miedo no tiene otra aspiración que esa: ser un producto mainstream con acción y diversión a partes iguales.  Memorable es el momento del coche en el que Charlie, su novia y su madre intentan escapar de Jerry y él perfora el suelo del automóvil como si estuviera hecho de cartón. Evidentemente eso no se lo cree nadie (a no ser que conduzcas el coche de Los Picapiedra), pero te deja estupefacto y con ganas de más. Algo que no sé yo si consiguen los efectos visuales, con un acabado al estilo Linterna Verde, pero que en este caso se perdona por el airecillo ochentero que han querido mantener.

Sobre los actores, ninguno está especialmente brillante; cumplen con el guión de una película teen y nada más. En el papel de Jerry, reaparece en el escenario cinematográfico un Collin Farrell que aguanta el tipo pero no nos regala ningún momento memorable como vampiro (salvo el del coche, lo repito). Pone caras de malote (algo muy suyo) y a ratos va de seductor, poco más. Al chico protagonista, Anton Yelchin, pudimos verlo antes en Star Trek Terminator Salvation; aquí comienza sin prometer nada y, poco a poco, se va ganando el respeto del espectador. Le falta eso sí bastante tenacidad y sobre todo que no se le note que tiene el texto en la cabeza. Y completa el reparto la jovencilla rubia a la que contrataron por ser guapa, Imogen Poots, que hace de Amy. Pues eso: risitas, miraditas sensuales y enseña busto para que el público esté a gusto. Todo producto comercial necesita una, y más si es un remake. El verdadero triunfador de la película es David Tennant como Peter Vincent; Tennant nos ofrece un personaje excéntrico, divertido y con una seguridad que ya quisieran otros actores. Lástima que hacia el final le metan unas líneas de diálogo en las que le obligan a ponerse en plan dramático, porque le queda impostado y le resta credibilidad a él y a la película. Si un film como Noche de Miedo es puro cachondeo, ¿por qué los americanos siempre se empeñan en meter lagrimillas fáciles? Cierran el reparto principal Toni Collete como madre de Charlie y Christopher Mintz-Plasse como su amigo Ed. La primera no merece estar en esta película, se le queda pequeña, pero a veces el dinero manda, y el segundo, como de costumbre, hace de freak. A ver cuánto lo dura el chollo.

Noche de miedo cierra oficialmente la temporada veraniega de productos comerciales y aunque no es un prodigio, podría haber sido centenares de veces peor. Cumple las expectativas y encima se intuye una cierta crítica, de modo que aprueba cómodamente. Y terminado el verano, ahora empieza verdaderamente lo bueno. Ya se ha dado el pistoletazo de salida hacia los Oscars y la próxima semana llega una de las favoritas, El árbol de la vida. Confieso ya que nunca he visto una película de Terrence Malick, así que espero que la sorpresa sea doble. Hasta entonces, meted Crepúsculo en el microondas y poneros el Drácula de Coppola, por favor.

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