En la noche del martes un autocar que transportaba unos menores de vuelta a casa después de una semana esquiando en los Alpes colisionó contra un muro a la entrada de un túnel segando la vida de 28 personas, 22 de ellas menores. Según algunos de los supervivientes ya regresados a Bélgica, de donde eran la mayoría de víctimas, el conductor iba demasiado deprisa y pudo haberse despistado al intentar poner un DVD.
Fuera como fuera en este país tan extraño y lleno de contradicciones y contrastes, nadie pide explicaciones ni exige un chivo expiatorio. Es el responsable sí, pero el dolor es tan desgarrador aquí que nadie se acuerda de él en un tono de reproche sino de lástima por otra vida perdida.
Bajo el lema “Bélgica llora a sus pequeños ángeles” el país entero se ha unido como hacía tiempo que no lo hacía para soportar el dolor. De hecho, el primer ministro belga, el socialista Elio Di Rupo, declaró el luto nacional el viernes, algo que sólo había ocurrido dos veces en los últimos setenta años y que es la prueba más fehaciente de la magnitud de la tragedia. Y el luto no terminó aquí porque además de prohibir la publicidad y los programas humorísticos durante todo el día, a las once de la mañana se hizo un minuto de silencio que alcanzó a los transportes públicos, parados durante sesenta segundos, y a los medios de comunicación, mudos durante un minuto que a nadie se le hizo largo a pesar de ser realmente sesenta segundos y no esa broma que se hace en los estadios de fútbol.
El sentimiento generalizado es de tragedia nacional y eso es algo que en Bélgica sí es destacable ya que pocas cosas tienen carácter nacional en este país. Incluso los periódicos flamencos más nacionalistas se sumaban al dolor que el país sufría como ‘una única nación’.
Es curioso que sea el dolor el pegamento que ha conseguido unir más a los belgas. Incapaces de formar un gobierno durante un año y medio, el dolor se ha revelado algo tan desgarrador que no entiende ni de colores ni de ideas ni mucho menos de nacionalidades o identidades. Simplemente es dolor. Lágrimas que a nadie le importan si caen en suelo flamenco, valón o en tierra de nadie.
Pero no es Bélgica, incapaz en los últimos tiempos de llegar al mínimo consenso en tantos asuntos, la única que ha necesitado el frío manotazo de la tragedia para descubrir cosas en común. Basta con coger un caso más doméstico para comprobar que, efectivamente, es el dolor el mejor pegamento. En 2007 moría el futbolista del Sevilla, Antonio Puerta. Uno de los jóvenes talentos más destacados del fútbol español en ese momento y llamado a ser un referente de su club. Y la muerte, aunque truncó todas esas expectativas, sirvió para hermanar dos aficiones, la del Betis y la del Sevilla, que en los últimos años habían protagonizado encarnizados enfrentamientos durante los derbis sevillanos que habían avergonzado a muchos. Desde entonces las relaciones son cordiales y hasta llegaron a ser afectuosas en un cierto momento, siempre con el pegamento del dolor por medio como analgésico para esa rivalidad que sigue latente pero en un grado más sano.
Del mismo modo que tras el 11-S brotó de nuevo un sentimiento patriótico en el corazón de millones de americanos, también aquí muchos se preguntan porqué se pierde tanto tiempo resaltando las diferencias cuando hay tanto que nos une pero somos incapaces de ver si algo muy gordo no nos limpia la vista.
Es triste que tenga que ser la muerte la que acabe por unirnos y me niego a pensar que sea el dolor por ésta o el miedo a ella, lo único universalmente en común que tenemos todos.








