No sé cómo lo haríamos si tuviéramos que grabar en una medalla de tamaño medio el título completo de la gran condición de Angela Merkel para flexibilizar su postura: Tratado sobre Estabilidad, Coordinación y Gobernanza de la Unión Económica y Monetaria. ¡Toma ya! Algunos lo abrevian como Tratado de Estabilidad Financiera, que sigue siendo pomposo pero es mejor. Y si todavía no les suena, quizás sí lo haga el nombre por el que casi todo el mundo lo conoce: Tratado de austeridad. Así es, el escrito que salvaguarda el principio hoy sagrado de la austeridad a rajatabla. Los Diez Mandamientos sin los cuales Merkel no piensa bajar, o hacernos bajar, de este monte Sinaí de recesión.
Este tratado, a grosso modo, lo que hace es imponer una serie de estrictas, muy estrictas mejor dicho, políticas presupuestarias a los miembros de la zona euro. ¿Cuándo entrará en vigor? Cuando lo ratifiquen como mínimo 12 Estados con euro. De momento ya lo han hecho Grecia (conejillo de indias de esta crisis), Portugal (que del tridente de países rescatados es el alumno medio: ni desastroso como los helenos, ni disciplinado y modélico como los irlandeses), Eslovaquia (que pertenece al bloque que se unió a la UE en 2004 y que, capitaneados por Polonia, han esquivado algunos mejor que otros, la gran bofetada de la crisis). Y el cuarto Estado en ratificar el tratado ha sido precisamente el alumno aventajado de los rescates: Irlanda.
Con una baja participación pero un Sí aplastante, Irlanda sigue su camino como ejemplo de país rescatado que está expiando sus pecados y reandando la senda de la prosperidad. Veremos si es verdad. Pero no me extrañaría que así fuera, ya que a cada Estado que ratifica ese Tratado más cerca nos encontramos, creo, del final de este túnel con tantas inesperadas curvas llamado “tímida desaceleración” primero, “desaceleración”, luego, pasando por “crisis”, “crisis del capitalismo”, para luego mutar en “crisis de la deuda soberana europea” y, muy recientemente, en “crisis de la deuda soberana europea en los PIIGS” (o GIPSI como a algún iluminado se la ha ocurrido llamarnos).
Sin embargo, puede que todo eso esté llegando a su fin. Sí, lo sé, puede sonar a predicción alocada e incluso arrogante teniendo en cuenta la semana ‘horribilis’ que hemos tenido en España y que socava considerablemente el mito de la buena gestión económica del PP. Pero, sinceramente, ni ellos tenían la receta mágica antes de gobernar ni ahora es su culpa el que todo parezca hundirse. No. Desde hace tiempo nuestros destinos están cada vez más regidos por Bruselas, Frankfurt y el directorio franco-alemán que, aunque no esté bautizado como Merkollande, sigue existiendo.
Y de todos ellos nadie aúna tanto poder como la canciller alemana. Una mujer quizás tozuda, pero jamás estúpida y que no es ajena a las súplicas de más de media Europa para que afloje un poco la cuerda de la austeridad con la que empieza a asfixiarnos. No. Es consciente que hace falta un cambio, pero existe un problema: su mala imagen en toda Europa es inversamente proporcional a la buena que cosecha entre sus compatriotas. Cuanto más severa y estricta se muestra en Bruselas, mejor imagen tiene en Alemania.
“¡Pero si no para de perder elecciones regionales!”, estarán pensando. Pues sí, es cierto. Pero eso es en lo que a su partido se refiere, pues ella goza de una amplia popularidad. De hecho, su postura internacional está tan bien vista que hasta sus opositores políticos, el SPD, han hecho suyas algunas de sus posiciones y también están en contra de los eurobonos, por ejemplo. Todo esto es la prueba fehaciente de que lo que más les importa, sino lo único, a los gobernantes es su imagen nacional y así asegurarse la reelección. Merkel es consciente que no puede seguir mostrándose tan férrea, pero no cambiará nada hasta que no tenga asegurada de nuevo la cancillería. Y para ello quiere tener como mínimo una medalla que colgarse, y esa medalla es el tratado de austeridad (he adoptado la versión corta para ahorrarles un poco de jerga eurocrática).
Si el Tratado queda ratificado por 12 países y por lo tanto entra en vigor, Merkel podrá mostrarse más flexible sin temor a que sus compatriotas o el Bundestag piensen que ha cedido ante las reclamaciones de los “despilfarradores sudistas”. Con el Tratado de austeridad como aval no digo que Merkel acepte los eurobonos -ya que ello sólo puede ser fruto de largas negociaciones que, a menos que se estén llevando a cabo ahora mismo, dudo mucho que lleguen en los próximos meses-, pero sí que podría permitir que el Banco Central Europeo abandone un poco sus estatutos como gran controlador de la inflación (auténtico temor en Alemania) y actúe como auténtico banco central de una unión monetaria, que es a lo que aspiramos y lo que pregonan como gran solución de esta crisis. Que haga, al fin y al cabo, lo que ya hace la Reserva Federal norteamericana, el Banco de Inglaterra o de Suiza: comprar deuda soberana, inyectar liquidez, actuar como prestamista de último recurso, etc. Toda una serie de actuaciones sin las cuales estamos en desventaja respecto a otras economías.







