Blancanieves vio un día como su hermano mayor fue por el mundo en busca de una princesa dormida a la que besar. La pequeña Blancanieves se percató de que su hermano podía escoger a la princesa dormida que quisiera, mientras que ellas sólo podían aceptar la decisión. Había oído en la corte que, debido a esa ventaja de escoger a princesas dormidas, su hermano príncipe se tiraba horas y horas observando a las princesas dormir, para poder escoger bien cual sería su esposa. Un ronquido o una palabra en sueños eran suficientes para que el príncipe las descartara, ya que tenía el sueño poco profundo. Blancanieves le preguntó a su padre por qué su hermano tenía tal ventaja y las princesas no, y su padre le explicó que era debido a que era varón. También le contó que cuando ella fuera mayor, también una bruja la hechizaría y quedaría dormida esperando el beso de algún principito.
Lejos de estar contenta, Blancanieves rechazó esa idea ya de entrada. Pasaron los años y Blancanieves se independizó con siete enanitos, que si bien eran hombres, no representaban ninguna amenaza por su condición de plebeyos y enanos. Blancanieves dormía tranquila, porque sabía que si alguno se ponía tonto, le daría un puntapié en menos de lo que canta un gallo.
Un día paseando por el bosque Blancanieves se encontró a una princesa dormida. No se lo pensó dos veces y la besó, pero el beso no surtió efecto. Le metió un poco de lengua por si igual la princesa era de sueño profundo, pero nada sucedió. Viéndose discriminada respecto a los hombres, Blancanieves puso una demanda contra las leyes rígidas de los mundos de fantasía que no permiten que los besos de mujer a mujer surtan efecto desadormecedor. Las brujas estuvieron de acuerdo y toda la comunidad femenina hizo piña, pero no contentas con eso, decidieron que ahora los besos de los hombres serían estériles, y serían ellos que esperasen dormidos hasta que una princesa les rescatase.
Los príncipes, cansados de tener que viajar de aquí para allá en busca de una princesa, aceptaron la ley. Y las princesas, cada vez que encontraban a un príncipe maquillado y dormido con rosas en las manos, los veían demasiado afeminados para su gusto. Y así fue como se autoexterminaron en el mundo de fantasía los reyes y reinas. ¡Viva la república!


