Jesús llega a la panadería  vestido con una túnica y con su melena al viento. Al entrar las chicas se desmayan de emoción, pero ninguna intenta conquistarlo porque no quieren tener un suegro tan severo. El dependiente se le acerca.

 

- No queremos Kleenex, váyase a otra parte.

- Soy Jesús, el hijo del carpintero.

- Pero chico, si vienes hecho un cristo.  Con esas pintas te había confundido con un yonki, o peor, un comunista.

- Es que estoy en un monte desierto, de barbacoa. Estamos haciendo unos peces pero nos falta pan.  ¿Cuánto me puedes dar por cinco euros?

- ¿En un monte desierto eh?¿Cuantos sois?

- Somos cinco, pero comen como cinco mil. Es que son vascos.

- Pues no creo que tengáis suficiente.

 

Jesús salió de la panadería cabizbajo. Al pasar una chica que acababa de despertarse del desmayo se volvió a desmayar y se hubiera abierto la cabeza si no llega a caer sobre otra chica que seguía desmayada.

Jesús  estaba sentado en unas escaleras lamentándose de su mala suerte cuando de repente divisó algo a lo lejos. Resultó ser un cartel luminoso del LIDL, hipermercado en que con el poco dinero que llevaba consiguió reunir el pan suficiente para sus amigos vascos.

 

Y así es como Jesús consiguió multiplicar los panes, los de los peces tiene pinta de trola.

 

 

Algunos le quitan la corteza al pan de molde. A Jesús, en cambio, le gustaba así. Lo malo es que no podía nunca untarles nada, y esa es la razón por la que siempre estuvo tan flaco.