Era una agradable mañana de invierno y los primeros brotes del año anunciaban una hermosa primavera. Sentado en un banco, contemplaba a los pajaritos hacer pío pío, y a los patos hacer quack, quack. Una señora se sentó a mi lado, así que le empecé a contar mis pensamientos. Estaba tan relajado, tan en sintonía con la naturaleza, que se me escapó un gas innoble. La mujer me miró con cara de asco, y se alejó. Y también algunos pajaritos dejaron de cantar. Desde ese día ya no cuento mis pensamientos a desconocidos. Comentarios/teorías locas/bromas a granel. Sírvase usted mismo.