Como cada mañana Sócrates fue a la panadería más cercana de su casa a comprar el pan. Llevaba una elegante túnica blanco perla que destacaba en su vestuario entre las sosas túnicas blanco margarita o blanco anuncio de compresas. No era para menos, pues en el ágora se hablaban maravillas del método que el filósofo había estado practicando en Atenas.
Con una sonrisa de oreja a oreja al recordar su éxito, Sócrates entró en la panadería:
- Hola, ¿tiene una barra de pan?
- Lo siento, no me queda.
- ¿A caso no es esto una panadería?
- Sí, pero el pan se me ha acabado.
- ¿Y por qué se acaba el pan?
- Por que viene la gente y lo compra.
- ¿Entonces el pan es finito?
- Ni finito ni grueso, no me queda.
- No nos hemos entendido. Quería preguntarle si el pan puede acabarse.
- Pues claro que puede acabarse. No le estoy diciendo que no hay…
- ¿Pero no es el pan una materia orgánica que volverá a la tierra?
- Si quiere también tenemos croissants.
- ¿Los croissants también son finitos?
- No lo sé. Son de mantequilla.
- ¿Y cómo sabe usted que no lo sabe?
- Me queda media baguette rancia. Se la doy si se calla.
Y así fue como Sócrates consiguió un puesto en la historia de la filosofía y pan gratis para el resto de su vida.

Sócrates pidiendo un poco más de pan.

